lunes, 28 de diciembre de 2015

¿Es necesario matar al artista?


En cualquier época menos la nuestra, la frase que encabeza este texto hubiera resultado escandalosa y habría llevado a quien la leyera a leer dos veces y a pensar en lo leído, ahora es un eslogan que puede venir sobre un fondo rosa repleto de siluetas de Minnie Mouse y llenar inocuamente las paredes de una galería donde montones de mensajes pasen sin ser recordados, sin comunicar, sin parar, en un Times Square recreado dentro de cuatro muros. Y es que a veces parece que si a algo mató el llamado arte contemporáneo fue a las facultades de escandalizar a otros y de comunicar de una forma sencilla, simple y eficiente, más que a la figura del artista, a la que en lo fundamental no parece tocarle un pelo (ya que el artista existe en muchos otros ámbitos más allá del muy limitado mundo del arte contemporáneo), sin embargo también hizo que las personas fueran más cautas y sólo se sorprendieran con actos o declaraciones de alguna sustancia, o cada vez mayor atrevimiento —con la mejor fe quisiera creer eso. 
     Pero concebir que la tarea del arte es sólo sorprender o escandalizar es limitante para el arte y los artistas y quizá sea el producto de un error de conceptualización. Pero examinemos. Un arte como aquel del que hablamos acá es producto de por lo menos dos ideas importantes aunque no siempre asumidas por quienes creen, o creen sin saberlo, en ellas: primero, existe un arte cuyo entendimiento está reservado a quienes saben ver arte, y por tanto existe también una distinción implícita entre «alta cultura», la de los entendidos, y «baja cultura», la de las otras personas que no conviene calificar en oposición a las «entendidas», aunque se la niegue en la declaración pública de lo que es el arte en la actualidad, que es entre otras cosas «inclusivo»; y, segundo, existe una figura con la cual es importante acabar: la del artista.
      Pero ¿por qué es importante acabar con el artista? El artista, o particularmente el artista de tipo «romántico» contra el que se dirigían las primeras vanguardias, representa los valores añejos de la tradición cultural europea. Pero no seamos ingenuos, no sólo eso, ya que esta figura de orden artístico tiene un trasfondo social: representa en carne completa a la vieja clase dirigente de Europa, esa aristocracia que, aunque durante todo el siglo XIX se estuvo diluyendo en lo económico frente al surgimiento de la burguesía, era la creadora del universo simbólico del Viejo Continente, no tanto porque lo definiera activamente en ese momento, sino porque la tradición europea estaba ligada a sus ideas y creaciones culturales, y esa tradición había pasado todo el siglo sin cambios significativos, o por lo menos a ojos de algunos. Esa permanencia fue la que se puso en cuestión cuando se pretendió barrer la vieja tradición artística, con su gusto por la representación fiel de la naturaleza (que da por sí sola para elaborar un tema sobre la representación como medio de conocimiento del mundo y sus objetos, de descripción y asimilación intelectual) y el entramado dramático que subyacía a sus productos culturales. El nuevo arte, el de los dadaístas, los futuristas y los demás «-istas», barría con el mandamiento de la fidelidad representativa y la necesidad del pretexto, o contexto, narrativo y dramático. 
     Dicho esto, una cosa queda clara: el nacimiento del arte contemporáneo es una consecuencia de la historia, y se dio en un lugar preciso y en sociedades de características determinadas por procesos sociopolíticos singulares y únicos, las europeas. Pero la cosa se complica cuando pensamos en lo que era el mundo al entrar el siglo XX: el colonialismo estaba en su apogeo, y desde luego no sólo se trataba de un fenómeno con consecuencias económicas y políticas, sino que habría de manifestarse en la producción cultural de los países sometidos al régimen colonial y en un cambio en sus sistemas de valores que habría de trasminar muchos de sus sustentos ideológicos. En una época determinada, justo aquella, los ojos del mundo estaban en Europa, y su cultura y su modo de conceptualizar el mundo eran el modelo para buena parte de las otras naciones; sólo quizás así pueda entenderse que la necesidad de tener vanguardias culturales, forjada en Europa, haya sido transportada a tantos lugares tan distintos como un nuevo aire, de la mano del proceso de modernización al que se abocaron tantos Estados.
     Cuando un modelo cultural —que comprende un entendimiento del mundo, una forma de crear obras artísticas y todo lo que hay en medio— se impone como el más influyente, ello acarrea que los pueblos que no tienen el privilegio de tener modelos tan convincentes estén atentos de sus formas y sus usos y vayan asimilando algunas de las ideas y formas propuestas por aquel modelo. Fue tal vez así que pueblos aparte de los europeos al tiempo de modernizarse (adoptar los modelos tecnológicos o ideológicos venidos de Europa) asumieron como suya la necesidad de transformar radicalmente sus concepciones artísticas. Sin embargo hasta aquí la estampa es incompleta: la vanguardia de los nuevos mundos no tuvo las características de las europeas y se revolvió incontables veces en el problema de crear un arte identitario en el que los pueblos en los que era creado definieran una «imagen» de sí mismos. En esto último puede verse la razón de que por mucho tiempo los latinoamericanos, por dar sólo un ejemplo, siguieran valiéndose de la representación del mundo objetivo, y aún más, de la representación de un pasado recreado en el que cimentar su propia imagen y la de su historia (para el caso de México, visible en un espectro de manifestaciones que van del muralismo a las imágenes de los libros de la SEP, pasando por miles de murales pintados, con mayor o menor suerte, en los muros de las escuelas primarias de la república, o por el tan nacional arte de la ilustración para monografías recortables). Sólo en fechas recientes y tras la caída en descrédito de muchos de los modelos artísticos latinoamericanos por haber ejercido funciones propagandísticas, Latinoamérica ha ido incorporándose al mundo del arte que se hace llamar contemporáneo. Es dudoso, sin embargo, que haga de este arte su arte.
     Lo que sucede con el arte «contemporáneo» en Latinoamérica, o en México, cuyos movimientos libertarios prefieren el uso de estéticas postprehispánicas (?)  —lo que indica que los problemas políticos y de expresión son otros muy distintos acá que los vislumbrados por los vanguardistas de otras latitudes—, es buen indicador de que ese arte se originó bajo una concepción muy determinada en un lugar muy identificable. Es por tanto un arte menos universal y necesario de lo que suele pensarse cuando no se piensa dos veces en el tema, y que se decidió a matar al artista, pero al artista romántico, sin darse cuenta de que el arte no sólo era el gran arte de los Wagner o los Leonardo, y que las prácticas artísticas se extendían como un pulpo dondequiera que hubiera humanos expresando algo, de forma más o menos consciente, mediante el hacer en los más diversos ámbitos.
      Sin embargo, el arte es múltiple y se produce en cada estrato de las sociedades, y lo que se ha dicho de la modernización del arte en Europa y fuera de ella sólo vale para los artistas que crean con la convicción de que hay un arte que matar, pues el arte que funciona para comunicar, también contemporáneo y quizá más consciente del mundo en el que tiene lugar, y por ello más efectivo e influyente, acontece, como siempre, fuera de las galerías y los museos, sirviendo para comunicar y lograr un efecto en alguien. Quienes lo crean lo hacen a través de la publicidad, en el trabajo para los medios y el cine (en el cine más comercial y aborrecible del diablo Hollywood también), en lugares donde no los buscarían los estudiosos y teóricos que se empeñan en buscar el arte en los viejos lugares y que lo suponen haciendo las labores heroicas de cambiar al mundo desconectándose de él, casi en el modo romántico que dirían aborrecer. Y es que el arte contemporáneo parece creado en un mundo paralelo donde se mueve en el vacío sin contaminarse y conformarse por lo que sucede alrededor de él, un mundo de purismo autista en el que el arte por el arte tiene cabida y la estética no está imbuida en mil tantas otras cosas y no sucede en medio de los conflictos políticos y sociales, al tiempo que suceden las vidas de los humanos que lo crean y lo observan. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario